A Compostela hubo y hay tantos caminos como puntos de partida y aunque parezca que
la historia se empeña en fijar un itinerario como genuino, no es más que el espejismo de la
inmediatez. Que los propios itinerarios se encargan de tirar puentes entre sí, dibujar desvíos y
estrenar variantes, mostrándose al fin tan vivos como quien los transita.
El propio
Consejo de Europa, al establecer las ideas gestoras de los
Itinerarios Culturales Europeos, elogia la significación espiritual, histórica y
cultural de los caminos a Santiago, como vertebradores de nuestra identidad común. Y entiende que
todos ellos forman un
espacio común, reconociendo la importancia de las vías alternativas, rutas
secundarias y marítimas.
Hemos de agradecer a aquella sociedad medieval -tan poco dada a los gestos de
solidaridad, según nuestra visión actual- que ensayara con tanto éxito ese
ejercicio de convivencia, hospitalidad y entendimineto mutuo, inherente al hecho
mismo de peregrinar. Quedan para refrendarlo las crónicas de hombres y grupos humanos que se
emplearon, con admirable celo, en proteger y ayudar a los peregrinos, y en resguardar y
acondicionar la calzada que les llevaba.
La peregrinación surge de una dimensión religiosa y ésta empuja al caminante; pero
conviene destacar que si en algún lugar se tejió
la identidad cultural europea que ahora revalorizamos, fue en estos caminos.
El Camino primitivo es ese idóneo punto de partida para descubrir la senda del primer Camino conocido, la que tomó Alfonso II el Casto, en el siglo IX para visitar la recién descubierta tumba del Apóstol Santiago. El itinerario actual reproduce fielmente al original, partiendo desde Oviedo y atravesando Asturias por todo los concejos de su occidente: Las Regueras, Grado, Salas, Tineo, Pola de Allande y Grandas de Salime. A partir de éste último los pasos entran en Lugo por el Puerto del Acebo y enlazan con el Camino francés en Palas de Rei, donde tan sólo quedan dos jornadas para llegar hasta la Plaza del Obradoiro.
